Tras un vuelo de cuatro horas y sin apenas darme cuenta, he pasado de tener que abrigarme con un anorak, gorro y guantes, y calzarme buenas botas para pisar el hielo de los glaciares de Nueva Zelanda, a hallarme en pleno trópico con un calor sofocante y unas playas de arena impolutamente blanca que invitan al baño. O, al menos, a tumbarse a la sombra de algún cocotero.

Y es que acabo de aterrizar en Apia, la capital de Samoa, en plena Polinesia, un rincón del globo que llevaba años ansiosa por conocer. Desde España resulta todo un periplo, pero una vez de viaje en Nueva Zelanda este pequeño e independiente país está, digamos, a tiro de piedra. Del aeropuerto al centro no deja de sorprenderme la exuberante vegetación de cocoteros, papayas, bananeras… Pero, sobre todo, me impresionan los imponentes árboles del pan, con sus frutos grandes, verdes, y redondos, y las plantas de enormes hojas del taro, un tubérculo que, junto a los anteriores, son base de la alimentación samoana.

árboles del pan

Nada más llegar a mi hotel, me calzo las chanclas, me visto con la ropa más veraniega que tengo y, tras degustar un oka o plato tradicional de pescado marinado con limón, leche de coco, guindilla y cebollas, pongo rumbo a uno de mis objetivos: Vailima, la casa-museo de Robert Louis Stevenson. Voy hasta allí en una de las divertidas guaguas locales, decoradas con llamativos dibujos, con la música a tope, los asientos forrados de una piel tan peluda como falsa, y un sinfín de adornos navideños, que por algo estamos en diciembre.

Oka o plato tradicional de pescado marinado con limón, leche de coco, guindilla y cebollas

Ya a pie, y tras cruzar la verja de acceso, un camino estrecho y sombreado por infinitas flores lleva a la bonita mansión que el propio autor mandó construir aquí al ver que el clima samoano era mejor que el de su Escocia natal para sus delicados pulmones. Tras su larga balconada, esconde estancias de gran tamaño y escaso mobiliario, pero no faltan bibliotecas con obras del famoso inquilino, un piano, o chimeneas, imprescindibles sin duda en el país de origen del escritor, pero que parecen “poco útiles” en este rincón del caluroso trópico.

A pocos metros de la casa, un empinado sendero, que apenas sobrevive en medio del aplastante verdor, sube al Monte Vea. En la cima, de espectaculares vistas, se halla, protegida por ejércitos de amenazadores mosquitos, la tumba del Tusitala, o contador de cuentos, como era conocido por los lugareños este autor que murió en 1894, apenas cuatro años después de trasladarse a la isla.

Al día siguiente digo adiós a Upolu, la isla principal en la que se encuentra la capital, y cruzo el estrecho de Apolima para alcanzar la otra gran isla samoana, Savaii. En el ferry, que tarda una hora en el trayecto, oigo hablar español. Es una mujer joven, de complexión oronda como muchos polinesios, que trabaja en Honduras para la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno de los muchos cultos presentes en la muy espiritual sociedad isleña. Va a encontrarse con su gran familia, unos doscientos, para festejar el ochenta cumpleaños de su abuelo. Entre ellos, vendrán parientes de diversos puntos de Samoa, pero también sus padres, su hermana, y sus primos, que trabajan, respectivamente, en Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia, y mejoran, como otros muchos samoanos residentes en el exterior, la modesta economía nacional.

Ya en Savaii, elijo un sencillísimo, pero genial alojamiento. Se trata de un fale o casa típica samoana, una pequeña choza sin paredes y solo protegida del viento, la lluvia, o las miradas ajenas por unos cortinajes hechos de hojas de palma que pueden bajarse o subirse al antojo. Su enclave es idílico: apenas a tres metros de la orilla del mar, reposando sus pilares en un montículo de arena blanca que destaca sobre el perfecto azul del agua, y enmarcada por dos diminutas plataneras. Un colchón y una mosquitera son su único mobiliario, pero… ¡Ay, esto es el paraíso!

Y quizás porque trabajar en este entorno debería ser pecado, todo el personal anda en plena siesta. Pero yo no puedo perder tiempo, quiero conocer todo lo que pueda, así que busco un autobús para recorrer la isla. ¡Oh, sorpresa! Todo el transporte público ha dejado de operar, como cada día, a las dos de la tarde, así que mi única opción es alquilar una bicicleta. Pago en talas, la moneda local, cuyos billetes son de los más coloridos que nunca he visto.

Calada primero por el sudor de pedalear bajo el húmedo calor tropical y después por un intenso chaparrón igualmente tropical, me remojo aún más en una solitaria poza de aguas transparentes y bajo una preciosa cascada. Sigo hacia el pueblo vecino. Es domingo, y entre el verde de la vegetación que jalona la carretera y el negro del impresionante suelo de lava que cubre gran parte de este volcánico territorio, destaca sobremanera el blanco impoluto de los trajes y sombreros de los fieles que van a misa, ensayando mientras caminan sus melodiosos cánticos.

Después me dirijo al sur, a los bufaderos de Alofaaga, que truenan cuando la marea está en su cenit mientras lanzan el agua a gran altura por agujeros escondidos en el negro suelo de lava petrificada.

Allí, contemplando el inmenso Pacífico, me despido de este encantador territorio. Lo sé, Stevenson escribió su Isla del Tesoro varios años antes de llegar aquí, pero no importa, para mí Samoa es un auténtico tesoro de isla.

Guía

Cómo llegar: Lo mejor para visitar Samoa es aprovechar un viaje a Nueva Zelanda o Australia, desde donde suele haber vuelos y paquetes a muy buen precio. NOTA: En este momento, debido a la pandemia, hay muchos servicios que no están operativos.

Mejor Momento

La temporada seca, es decir, entre mayo y octubre.

Alojamiento

Tanu Beach Fales
North Coast Rd.
Manase
Tel 54050
tanubeachfales@gmail.com  

Es un alojamiento extremadamente sencillo e igualmente económico, pero lo elegí porque quería experimentar una estancia en un auténtico fale o construcción al más puro estilo tradicional, y por su situación justo en la orilla del mar. Por supuesto, tanto en Savaii como en la isla principal, Upolu, hay opciones para diferentes gustos y presupuestos, incluidos hoteles y resorts de lujo, u otros fales que imitan la arquitectura vernácula, pero con comodidades añadidas, por ejemplo, el baño incorporado.

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